Publicado por Javier García Blanco
La disolución de la Orden del
Temple tuvo como consecuencia la disputa por los bienes hasta entonces
en manos de los monjes guerreros. Mientras en el resto de Occidente
estas propiedades recayeron en los hospitalarios, en los reinos
peninsulares su destino fue dispar, propiciando en varios casos la
aparición de un nuevo fenómeno: la creación de órdenes militares
“monarquizadas”.
Tras el inicio de la conjura contra los templarios iniciada por Felipe IV en octubre de 1307 (ver artículo anterior),
y la detención y tortura de la mayor parte de sus miembros en los
distintos reinos cristianos de Occidente, la “estocada” final contra la
orden de los pobres caballeros de Cristo se produjo en el Concilio de Vienne
(1311-1312) durante el cual se emitieron distintas bulas papales que
pretendían zanjar de una vez por todas el incómodo incidente. El 22 de
marzo de 1312, Clemente V promulgaba la bula Vox in excelso, mediante la cual se anunciaba la disolución total de la Orden del Temple y, poco después, en el mes de mayo, la bula Ad providam
intentaba dar solución al problema de la “herencia” de los bienes
templarios, anunciando que, como solución general, pasarían a formar
parte de la Orden de San Juan del Hospital.
Una resolución que se cumpliría a rajatabla en la práctica totalidad de
los reinos cristianos, con una única excepción: la de ciertos reinos
hispánicos de la Península Ibérica.
Jacques de Molay, el último gran maestre del Temple.
En apenas cinco años, el Temple había
pasado de ser una de las órdenes militares más poderosas de la
cristiandad –su extensión e influencia sólo encontraba rival en la Orden
del Hospital–, con numerosas y ricas posesiones en todos los reinos
cristianos y un importantísimo patrimonio económico –no en vano fueron
los primeros banqueros y prestamistas de Occidente–, a desaparecer por
completo de la peor de las formas: envuelta en acusaciones de herejía y
otros graves pecados. De poco sirvió que las “pruebas” presentadas por
sus enemigos no sirvieran para demostrar las graves acusaciones. Cientos
de aquellos monjes guerreros –especialmente los que se encontraban en
territorio francés– murieron a causa de las terribles torturas a las que
fueron sometidos durante los interrogatorios, o bien perecieron
devorados por las llamas cuando defendieron tercamente su inocencia. Ese
fue, precisamente, el triste final del último Gran Maestre de la orden,
Jacques de Molay,
quien tras haberse mostrado como un débil líder en sus últimos años al
mando, terminó dando muestras de coraje al renegar de su inicial
confesión y defender su inocencia y la de sus hermanos. Un último
arranque de valor y orgullo que le costó la muerte en marzo de 1314,
ardiendo en medio de las llamas de una hoguera dispuesta en el centro de
París, cerca de la hermosa catedral de Nôtre-Dame.
EL NACIMIENTO DE LA ORDEN DE MONTESA
Aunque como ya hemos dicho, el Concilio de Vienne establecía que por decreto general los bienes del Temple debían pasar a manos del Hospital, esa norma tuvo una excepción en los reinos peninsulares, donde el destino del patrimonio templario quedaba pendiente de resolución a la espera de negociar con los distintos monarcas de la península.
Aunque como ya hemos dicho, el Concilio de Vienne establecía que por decreto general los bienes del Temple debían pasar a manos del Hospital, esa norma tuvo una excepción en los reinos peninsulares, donde el destino del patrimonio templario quedaba pendiente de resolución a la espera de negociar con los distintos monarcas de la península.
Todo parece indicar que en esta notable
excepción tuvo una gran importancia el papel desempeñado por el monarca
de la Corona de Aragón, Jaime II,
quien supo realizar un importante despliegue diplomático a través de
sus embajadores, primero con el papa Clemente V y, tras la muerte de
éste en abril de 1314, con su sucesor Juan XXII.
La postura pontificia de retrasar una
decisión sobre los bienes del Temple en la península pudo deberse
–además de la apropiada actuación del rey aragonés–, a las especiales
circunstancias que se vivían en los reinos hispánicos: los territorios
peninsulares contaban con la presencia de varias órdenes militares
autóctonas y, por otro lado, seguía existiendo en nuestros suelos un
notable peligro encarnado en la presencia musulmana que seguía
resistiendo en el sur, manteniendo la necesidad de una cruzada para culminar la ansiada Reconquista.
Cruz de la Orden de Montesa. Crédito: Wikipedia.
En cualquier caso, y con la intención de
resolver el engorroso asunto lo antes posible, el papado solicitó a los
monarcas hispánicos que enviaran sus respectivas embajadas para
negociar la cuestión. En el caso de Mallorca y el condado del Rosellón,
dominios en manos del rey Sancho I (1311-1324),
la cuestión se resolvió por sí sola, pues el monarca no envió a sus
embajadores y, pasado el plazo estipulado, el papa entregó las
posesiones templarias de aquellos territorios al Hospital, siguiendo la
decisión general establecida en Vienne.
El caso de la Corona de Aragón fue bien
distinto. Jaime II pretendía evitar a toda costa que los antiguos bienes
del Temple recayeran en manos hospitalarias, lo que habría supuesto un
notable fortalecimiento de los dominios señoriales de la orden en
territorios de la Corona, que eran ya de por sí bastante notables.
Además, la Orden de San Juan era de carácter internacional, lo que podía
suponer un escollo importante en algunas de las aspiraciones en la
política exterior de la Corona. Por...








